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El verbo comer no tiene imperativo; enseñar a comer sin utilizar medidas coercitivas
 

El verbo comer no tiene imperativo; enseñar a comer sin utilizar medidas coercitivas

25-01-2017

Hasta hace poco se creía que para educar convenientemente a los niños y niñas había que obligarles o forzarles para que comiesen de todo y toda la cantidad que se les ponía en el plato. Hoy en día confiamos mucho más en sus mecanismos de autoregulación.

Lamentablemente el adulto suele todavía imponer a niños y a niñas ‘qué, cuánto y cuándo deben comer’. Algo que puede generar problemas relacionados con la comida y que afecta profundamente, y de forma negativa, a la relaciones entre padres/madres con hijos/hijas y a educadores/as con alumnos/as, todo ello dañando el vínculo afectivo, la confianza y la seguridad que pueda proporcionar el adulto al menor.

Claro que es importante que los pequeños coman de todo para que su crecimiento y su salud sean los adecuados y que conseguirlo no es tan sencillo, pero jamás deberíamos caer en el error de obligarles a comer.

Ninguna criatura sana se negará a comer si tiene hambre. Y si es forzada a comer más de lo que realmente necesita u obligada a comer algo que no le gusta o que en ese momento no le apetece (como a un adulto puede sucederle), se estresará y esto le producirá malestar y ansiedad. Si esta situación se repite habitualmente repercutirá negativamente, desarrollando aversión ante el momento de comer.

Una imposición excesiva de comida puede hacer que el niño o la niña se niegue a comer

Por mi propia experiencia tengo asumido que a comer se aprende, es un habito más. Durante años fui una malísima ‘comedora’; no sirvieron ni entretenimientos ni castigos para abrirme el apetito. Hoy disfruto comiendo y como prácticamente de todo. Era cuestión de paciencia y tiempo.

Es común que durante la infancia se den periodos donde predomina el rechazo a la comida en general o a ciertos alimentos en particular, siendo necesario que el menor madure para que los acepte. El apetito puede disminuir o perderse por varios factores: enfermedad física, sobreexcitación, fatiga, malestar emocional, etapas evolutivas en la infancia y adolescencia (lo normal es que el niño crezca a una velocidad desigual y, por consiguiente, tenga que ajustar sus tasas de ingesta a lo largo de su desarrollo), etc.

Sin embargo, el problema de la falta de apetito es una de las preocupaciones más habituales de las familias y uno de los motivos de mayor consulta a los pediatras. El problema puede empezar cuando el niño es bebé lactante y continuar hasta que llega a la etapa escolar y con ella al comedor (cuántas veces oímos decir a una mamá o a un papá, al llegar por primera vez al comedor escolar, “mi hijo/a no me come nada, a ver que podéis hacer vosotros”).

El problema se agrava por la desesperación y la impotencia que supone no saber que hacer ante el rechazo de los niños a los alimentos. Las familias suelen probar todo tipo de estrategias, desde el clásico juego del avioncito hasta otros que pueden rozar el chantaje (premios), amenazas… llegando incluso a los castigos.

¿Como enseñar a comer sin medidas coercitivas?

Sabemos que la educación es también la base de una correcta nutrición y es la familia, en primer lugar, quien desempeña un papel fundamental en el fomento de hábitos nutricionales y de vida saludable. Pero el comedor escolar puede colaborar con las familias ya que es el entorno perfecto para conseguir que el menor siga una dieta equilibrada. Enseñar a comer de todo es uno de nuestros principales objetivos, por ello, lo que se desarrolla en el comedor escolar entorno al momento de la comida tiene que estar cuidadosamente planificado y contemplado pedagógicamente.

Aunque tenemos mecanismos que nos inducen a comer cuando hace falta y a dejar de comer cuando ya sobra, la alimentación es algo muy influenciable desde el punto de vista afectivo. Comer es una función vital que está asociada directamente a las emociones, por ello, son muy importantes las relaciones, que necesariamente se establecen en el momento de la comida, entre la persona que ofrece el alimento y el menor.

No debemos olvidar que los momentos de la comida deben ser fuentes de placer y de intercambios sociales y afectuosos. El niño come por necesidad, no por obligación. Y obligar esta ligado irremediablemente a algo desagradable.

No estamos obligando a un niño cuando intentamos que coma una cucharada más pero sí lo hacemos al insistir cuando claramente rechaza el alimento o al coaccionarle para que coma si no lo hace por sí mismo… con ésto solo conseguiremos que en la próxima comida, antes de empezar, ya esté a la defensiva.

Pautas para prevenir los conflictos, resolverlos o, al menos, hacerlos ‘más llevaderos’

Básicamente debemos decir adiós a obligaciones, chantajes, premios y castigos. ¿Qué tal probar a ver el problema desde la perspectiva del niño o la niña? ¿Y si al adulto le obligasen a comer? Es necesario que aprendamos a empatizar con ellos para poder entender, que igual que al adulto le sucede, mientras los pequeños comen experimentan sensaciones y expresan emociones de bienestar o de malestar anímico en relación con los sentidos y con el entorno. El apetito de un niño está determinado por el ambiente y la alegría con la que se adapte a él. Por tanto, tendremos que tener muy en cuenta el ambiente que rodea la comida, ya que es casi tan importante lo que se come como la forma y lugar donde se come.

También es importante saber que la preocupación ante la problemática de la comida nos lleva a menudo a prestar más atención al niño justo en el momento en el que se produce el rechazo. De esta manera el menor repite esta conducta evitativa una y otra vez porque consigue que se le haga más caso. Nuestra atención es su mejor recompensa. Cuando un niño no come es importante buscar las causas, que pueden ser físicas o psíquicas.

A continuación enumero algunas estrategias que utilizamos en Comedor Saludable por si os pueden servir de ayuda o complemento a las vuestras, en caso de situaciones conflictivas ante la alimentación.

– Es de vital importancia cuidar el ambiente físico y psicosocial que rodea a la comida.

– Hay que procurar que no haya distracciones, ni ruido excesivo, ni prisas, ni presiones con discusiones desagradables. El malestar emocional que se crea puede hacer que un niño o niña sensible pierda de inmediato el apetito.

– Intentar presentar los platos de una forma atrayente al servirlos.

– Ofrecer toda una variedad de alimentos necesarios para llevar una dieta saludable, variada y equilibrada. El éxito es que el niño/a que tenga el problema vayan probando todo para ir acostumbrando su paladar a distintos sabores y texturas. Si lo intenta, quizás podrá acabar tolerándolo y finalmente aceptándolo. Cada vez que coma bien le felicitamos.

– Dejaremos que decidan y coman la cantidad de comida que necesitan para satisfacer su hambre y poder así desarrollar de forma sana sus gustos y su responsabilidad ante la alimentación. Esto no quiere decir que les deba gustar absolutamente todo. Hay platos que no gustan y esto es normal y se debe respetar. Si se les ofrece una alimentación variada y sana, no pasa nada porque haya algún alimento que no le guste.

– Hacer de la comida un momento agradable es imprescindible; para ello fomentamos la conversación tranquila en la mesa. Cuidamos nuestra actitud serena y positiva, y no damos órdenes gritando. Las llamadas de atención son ignoradas y no decimos nada. Si vemos que no comen, animamos a comer un poquito más ¡Qué bien! ¡Qué mayor!

– Si el rechazo del niño es realmente firme no nos debemos empeñar en que coma; probablemente, al ofrecerle el mismo plato en otra ocasión pueda aceptarlo. Adquirir hábitos saludables de alimentación es un proceso lento que requiere de mucha paciencia. Obligar a comer toda la comida del plato les enseña a seguir comiendo aunque se sientan satisfechos (pudiendo potenciar trastornos de alimentación).

– Por supuesto se deben marcar algunos límites pero siempre de una forma respetuosa y afectuosa.

– En cuanto a la cantidad debemos ser firmes, pero flexibles… otra cosa les lleva a esconder o tirar comida bajo la mesa.

– Al conocer a los niños y niñas del grupo, resulta bastante fácil distinguir entre quien no quiere comer por falta de apetito o quien intenta llamar la atención.

– Hay que poner cantidades adecuadas en los platos, personalizando ante el apetito de cada niño o niña. Es mejor que repitan a que se desanimen con platos que se sientan incapaces de terminar. Les resulta muy gratificante terminarse todo y luego pedir más. Moderamos la ingesta del primer plato si es de su especial agrado para que pueda comer del segundo plato y llegar al postre.

– Todos los alimentos tienen su importancia para la salud, por ello no vamos a utilizar jamás un alimento como premio o castigo. El placer (y la salud) por la alimentación es algo que debe motivar en sí mismo a la hora de comer, y no el premio de después. En su lugar, le explicamos de un modo que pueda entender (en función de su edad) por qué comer saludablemente nos ayuda a estudiar, a jugar, a estar alegres, etc.

Con la puesta en práctica de todos estos puntos en nuestros comedores conseguimos alcanzar, en la mayoría de los casos, una sana y correcta alimentación y una actitud positiva del alumnado con respecto a la comida. La clave de que las comidas sean una experiencia agradable y educativa para los niños y las niñas está en cuidar minuciosamente el detalle.

Nutrir física y emocionalmente a los niños

A veces pensamos que hacer el bien a quien queremos puede pasar por obligar a hacerle algo que ‘no puede’, como por ejemplo comer. Usar la comida como demostración de amor no tiene sentido… El amor se demuestra abrazando a los niños, dedicándoles un tiempo o elogiándoles… no obligándoles a comer.

En todas las etapas de la vida, si se está sano, se debe comer de todo y variado. Si confiamos en los niños y les damos libertad de elección, no sólo redundará en su salud física, sino que también será muy favorable para su autonomía, autoestima y su salud emocional. Aprender a decidir por sí mismo hace que las personas sean seguras e independientes. La paciencia y la escucha emocional nos hace alimentar no solo con amor sino con ‘respeto’ y esto nutrirá físicamente y emocionalmente a nuestros niños y a nuestras niñas.

Debemos reencontrarnos con los niños y las niñas que éramos para tener una respuesta sensible y empática a las necesidades del comedor, y garantizar un desarrollo psicoafectivo saludable a los alumnos; todo ello sin olvidar que seguimos siendo nosotros el adulto, con nuestro autocontrol, coherencia, paciencia y flexibilidad… y añadiendo un condimento imprescindible ¡muchos mimos, abrazos y besos!


Rocío Martín
Rocío Martín es pedagoga, responsable del departamento de Supervisión de Comedor Saludable. Se encarga de la formación continua para los responsables de comedor en materia de educación emocional, resolución de conflictos, escucha activa y actitud asertiva. @: info@fundacioncomedorsaludable.org

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